jueves, 27 de agosto de 2009


Visita a Uribelandia

IC Uruguay


Quince días recorriendo comunidades campesinas, indígenas y afro, círculos urbanos, estudiantiles y organizaciones sociales en Colombia dejan un saldo de vivencias y reflexiones que no merecen la avaricia.

Los rostros, caminos, miradas, manos… y las decenas de pequeñas historias mínimas que los acompañan son por cierto intransferibles. Sin embargo, lo mínimo que corresponde a quien se sensibilice con la situación de iniquidad colombiana al palparla de cerca es expresarla, en este caso en algunas anotaciones. Para dejar testimonio y para apelar a la solidaridad informada de quienes no han podido interactuar con esa realidad.

En Colombia hoy se juega una batalla estratégica para toda América latina. Este país
con costas en dos océanos –potencial territorio para un nuevo canal bioceánico-, depositario de riquezas naturales casi infinitas, mega-diverso; este verdadero paraíso terrenal se asemeja sin embargo para los pueblos que lo habitan a un infierno, a una verdadera cárcel a cielo abierto. Y nos necesita.

En la primera quincena de julio participamos a nombre de Radio Mundo Real (1) de una Misión Internacional de Verificación sobre Agrocombustibles en Colombia. En concreto formamos parte de la delegación que recorrió el valle geográfico del río Cauca, en la llanura más fértil de todo el territorio colombiano.

Allí comprobamos que la antigua despensa que surtía a las metrópolis colombianas de alimentos, ha sido convertida en “caña-landia”. Las mejores tierras ya no alimentan a colombianos de las ciudades, el pie de monte o la montaña, sino que surten de etanol los automóviles de Estados Unidos y Europa.

En esas tierras se reprimen brutalmente a campesinos, cortadores de caña y comunidades afrodescendientes, muchas de las cuales tienen su génesis precisamente en las legiones de esclavos que arrancaban el azúcar sobre el que se edificaría la riqueza de la élite colombiana, antes siquiera que el petróleo o los estupefacientes ganaran el espacio que hoy ocupan.

Abuso genético

La producción azucarera en el Valle del Cauca lleva en su ADN la ignominia y el abuso: primero el brutal esclavismo, luego, cuando en 1959 Cuba se arranca el vestido de prostíbulo norteamericano en el Caribe, EEUU le regala el cupo azucarero a las familias terratenientes del Valle y no son pocos los especuladores norteamericanos que sin un dólar se convierten en prósperos empresarios de ingenios que tienen ya comprada a un precio preferencial el azúcar aún antes de plantar la caña.

Nada ha cambiado. En contrario, en 2005 las trasnacionales norteamericanas “vuelven” al Valle para adosar a los ingenios azucareros las destilerías para producir etanol. Y estalla la superficie de caña, desplazando en su onda expansiva a los miles de campesinos que subsistían en sus respectivas fincas. El auge de los agrocombustibles es paralelo al fracaso de Washington en Medio Oriente y sus métodos son también del mismo cuño: ocupación, violencia, persecución sindical y miedo que los aviones fumigadores esparcen junto al glifosato.

Si desde el aire el uniforme panorama de cultivo de caña es singular, a nivel del terreno es asfixiante. Más cuando, al ponerse el sol, comienza la quema de los cuadros cañeros que al día siguiente serán cortados. Una espesa ceniza cae sobre las poblaciones que allí habitan y la temperatura en esas quemas alcanza los 700 ºC. Para entonces, ya el glifosato acortó el ciclo de la caña azucarera y el fuego además de desfoliarla logra la concentración de sacarosa y por ende aumenta el rendimiento de la materia prima en el ingenio. Cuando los corteros llegan al alba siguiente respiran los vapores de glifosato y se queman con la caña hirviente.

En 2008, los corteros dijeron basta y decidieron convocar a una audiencia pública para que Colombia despertara a su realidad. El Estado aplazó muchas veces el gran día, pero éste finalmente llegó unilateralmente el 14 de junio y con él la decisión de los obreros de paralizar las plantas para obligar a las patronales a negociar algunas demandas mínimas: el control sobre el pesaje –el salario se fija por tonelada cortada-; el reclamo por vivienda –un arriendo medio consume un 60 por ciento del salario de un buen cortero que promedie las siete u ocho toneladas diarias-; entre otras. Hoy los dirigentes de esa revuelta están judicializados y enfrentan cargos de sabotaje, daños personales y asociación para delinquir (!).

Que en Colombia equivalen a llamarse “Sadam Hussein” pero en Irak.

Las patronales se afanan en incumplir los acuerdos alcanzados, alentadas por declaraciones públicas del presidente Álvaro Uribe de encarcelar a los revoltosos y a sus acompañantes.

Visita al feudo de Jaime

Aún quienes nada tienen que ver con los corteros se sensibilizaron con sus demandas, por hambre o sed: es que en el Valle del Cauca los ríos están exhaustos y las poblaciones difícilmente acceden a agua corriente, pero la caña crece a un ritmo infernal sobre tierra siempre húmeda.

Jaime, un vecino de La Pailita intercepta la Misión y la invita a conocer su finca. La llegada tiene que completarse a pie porque el camino a su casa está plagado de cráteres provocados por el “tren cañero”: un enorme tractor con cuatro zorras que cargan 30 toneladas de caña cada uno. Las mismas grietas del camino están en la estructura de la casa de Jaime, que amenaza derrumbarse.

El reinado de Jaime es humilde -apenas 9/10 de hectárea- pero con sus frutales y canteros produciendo podía sostener a su madre viuda, a su esposa e hijo y a su hermana y sobrino. Pero el glifosato no conoce de excepciones y el que es aplicado como “madurante” de la caña que se eleva a centímetros de los límites de su “feudo” ha comenzado a quemar sus aguacates y guanábanas. No quiere vender sus tierras al ingenio: “en la ciudad lo que toca es aguantar hambre… aquí en el campo decimos que si hay yuca y plátano, sancocho se come”.

Aferrado a esa verdad, Jaime puede resistir… y lo hace. Pero no todos corren esa suerte. Gabriel (60 años, la mirada líquida), a pesar de ser dirigente de una asociación de campesinos y obreros del sur de Bolívar, no puede ingresar a esa zona sin custodia armada e internacional. No se trata de paranoia: su activismo en pos de organizar a los campesinos le significó un hijo muerto a manos de los paramilitares, que son una suerte de maquinaria armada encargada de abrir paso a los cultivos de palma aceitera, desplazando a las comunidades.

Los hijos del mandatario Uribe se encuentran, precisamente, entre los principales empresarios de palma aceitera de Colombia. Los hijos del presidente merecen vivir de la palma, los de Gabriel merecen morir para abrir paso a la palma.

Con ser la expresión más descarnada de la nueva división internacional del trabajo que ha impuesto el capitalismo “verde”, los monocultivos en Colombia –de caña, palma, eucaliptos, pinos- no alcanzan a ocultar la realidad esencial: la existencia de un estado autoritario que en ancas de fuerzas armadas regulares (Ejército) y no tanto (paramilitares) acalla a sangre y fuego toda voz disonante.

Jacobo es trabajador social en Cali y debió “exiliarse” en Bogotá durante dos años cuando información sobre su tarea de educación popular en campesinos cayó en poder del voraz aparato informativo de los “sapos” o “soplones” de su universidad.

El canje o la invención de informaciones presuntamente comprometedoras, junto a la “seguridad privada” son dos de las “industrias” emergentes de la Colombia actual. Es que si bien abundantes, los beneficios económicos del monocultivo para agrocarburantes no son suficientes para todos…

En nuestra recorrida pudimos comprobar cómo, aún sin rendirse, aún bajo esa represión omnipresente, l@s colombian@s transmiten el convencimiento de que difícilmente la resistencia interna pueda vencer al fortísimo aparato burocrático-militar que se sostiene en el flujo millonario de recursos de origen norteamericano y el silenciamiento mediático.

Confían incondicionalmente en que la presión sobre las élites y la solidaridad hacia las poblaciones que provenga del extranjero lograrán devolverle a su patria el carácter que le asignó la naturaleza: de verdadero paraíso.

Nos va en ello nuestra propia libertad. No l@s dejemos sól@s.

Y en la actual coyuntura electoral que vive Uruguay se hace necesario enfatizar que la política hacia Colombia debe tener en cuenta estos elementos y no escudarse en seudo razones pragmáticas de buen intercambio comercial. Si algún elemento faltaba, la instalación de tres nuevas bases militares estadounidenses en territorio colombiano bajo Uribe exime de mayores argumentaciones.

Comerciar con Colombia no diferiría mucho con el Chile pinochetista o el Uruguay “Goyista”.


Ignacio Cirio


Una versión resumida de esta crónica apareció publicada en El Ambiental, suplemento de Redes-AT en el semanario “El Popular” (31-08-2009)

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NOTAS

1. La cobertura puede verse en
www.radiomundoreal.fm

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